Desconocida nº 1

No necesito fondos de barril para hacer que revivan los miedos. La vida tras la ventana parece ficción y nunca he sido de escribir bonito. Hay agujeros negros que engullen la luna, estrellas caducas, árboles que arañan mi sueño y ausencias; sobre todo ausencias. Lo que pudo ser, no será nunca. Lo que pudo ser, no existió más allá de mi cabeza. He vuelto a fantasear con el suicidio más por aburrimiento que por malestar. No sonrío menos. Tampoco más. He dejado escrito mi epitafio en un post-it rosa. Ducharme se ha vuelto un acto mecánico cuyo único propósito es no repugnarme más de lo habitual. Vuelvo a tener 20 años. El confinamiento lo dicta el gobierno y no mi depresión. Escribo sobre gente que no se me parece. No escribo sobre la única persona de la que me gustaría escribir. No soy esa persona. Me agobia el exceso de tiempo y los libros sin leer. Cuando leo, quiero escribir. Cuando escribo, quiero ver una película. Cuando veo una película, quiero leer. Vivo en un bucle. El hombrecito de madera parece tener una soga al cuello. Todos somos el hombrecito de madera, solo que no queremos reconocerlo. Creo que la melancolía es parte de mi ADN. Sin medicación que silencie mi conciencia dudo que pueda establecerme como una adulta semifuncional. Quiero serlo todo. Quiero fundirme en la nada. Sigo sin aceptar mi cuerpo y lo maltrato con la misma normalidad con la que pongo la cafetera. Fue antes el trauma que la escritura. Fueron antes los golpes que la vocación. Ahora es el ego, la huella, la llamada de atención que se queda en 3 visitas virtuales a las que pongo nombre: V, C y S. Encuentro mis pensamientos en versos suicidas y me siento culpable. No entiendo la vida ni sé cuál es mi propósito. No quiero ser escritora. No quiero salvar el mundo. Si creyese en algo, apostaría por la reencarnación. No es el caso. El mundo me parece complejo y las relaciones vacías. Sin empatía, sería una sociópata de manual. Arrastro la bola de mierda de aquel escarabajo. Basta.

Era domingo

Cogí el arma y apreté el gatillo. No ocurrió nada. Apreté con más fuerza hasta que un tipo vestido de traje me apartó a un lado. “Disculpe, señor, creo que se ha averiado…”. Se suponía que aquella exposición era interactiva, un modo de acercar el arte al ciudadano de a pie, a los desgraciados que, como yo, solo pisamos las galerías cuando hace frío y es demasiado pronto para empinar el codo en un bar. El caso es que me quedé con las ganas de volarle los sesos a Hitler. Fue un momento extraño. Su holograma me miraba fijamente y me puse tenso. Parecía que en cualquier momento todo el personal de las SS iba a echárseme encima, pero a mi alrededor solo había turistas japoneses, parejas sonrientes y tipos raros. Me quité la gabardina que, en aquel momento, comenzó a pesarme de forma extraña. Revisé los bolsillos. Estaban rotos. Seguí caminando entre cuadros literalmente indescriptibles. De vez en cuando me paraba delante de alguno y lo miraba concentrado, fingiendo entenderlo. Uno de mis mejores amigos, con el que hacía más de diez años que no hablaba, me dijo que lo que más le irritaba en el mundo era visitar galerías de arte con gente que no tenía ni idea. Otro le respondió que el arte no se entiende, se siente. Yo ni entendía ni sentía, aunque ninguna de las dos cosas era nueva para mí.

Hacía ya varios meses que no era capaz de concentrarme en nada. Sospechaba que tenía que ver con haber dejado la medicación de golpe y así se lo dije al hombre del estanco, pero no recuerdo mucho más porque intentar seguir una conversación que se dilatase más allá de tres frases me resultaba tan complicado como doblar un viejo mapa de carreteras. La concentración había hecho las maletas. Tenía pilas de libros repartidas por todo el suelo. La última vez que intenté sumergirme en uno de los más sencillos acabé tirándolo por la ventana; suerte que era de tapa blanda. El caso es que, mientras caminaba sin ningún propósito, convencido de que no encontraría nada más entretenido que volarle la cabeza a un nazi, llegué al final de la exposición, a la “joya de la corona”. O eso decía el cartel que colgaba a la entrada. Una gran cortina negra daba acceso a una sala completamente oscura. Llegó mi turno. Di uno, dos, tres, cuatro, cinco pasos y, ¡paf! algo golpeó mi cabeza. De repente la luz se encendió durante unos segundos y pude ver mi reflejo distorsionado en un enorme cristal. Retrocedí hasta la entrada, pero el hombre de seguridad, uno distinto al de antes, me dijo que no podía salir por ahí.

–Pero si ya estoy aquí, ¿qué mas le da? ¿Eh?

–Vuelva adentro, le digo.

–Es que no lo entiendo. No entiendo qué le cuesta. ¿Por qué no me lo explica? ¿Eh? Explícamelo.

–Le digo que el acceso es solo de entrada y debe respetarlo.

–¡Pero no tiene sentido! ¿O es que usted nunca ha entrado a su casa por la ventana?

­­–No, señor. Para eso está la puerta.

­–Joder, ya lo sé. ¿Pero y si se dejase las llaves y su mujer se estuviera ahogando en la bañera mientras se quema la cena? ¿Eh? ¿No usaría la ventana?

­–Supongo.

–¡Pues ya está! –Di un par de pasos-, tú me dejas salir y ya está, ¿eh, amigo?

Y por supuesto que me dejó salir. Me cogió del cuello del jersey y me arrastró a la puerta de la galería. Tenía prohibido volver allí. Desde luego que les debían enseñar muchas cosas a los de seguridad, pensé, pero nada de paciencia. Saqué el móvil y vi que eran cerca de las siete. Perfecto. Ya no estaba mal visto beber. Busqué el sitio más cercano y, de paso, qué narices pretendía aquella obra. Dejé la pestaña abierta en el buscador para leerla en el bar. Pedí una pinta y un chupito de vodka en cuanto mi culo rozó el mugriento taburete de mimbre. La “joya de la corona” era obra de una artista rusa. Casi escupí la cerveza cuando vi la cantidad de ceros en la que se valoraba aquella performance. Según Svetlana, la autora, la obra era una forma de llamar la atención sobre el daño que nos hacemos a nosotros mismos. O sea que no lo había soñado y, efectivamente, algo me había golpeado la cabeza. Descubrí que ese algo había sido una manzana y que, de haber terminado aquel laberinto de espejos, me habrían caído unas cuantas más: “Nosotros somos nuestro peor enemigo. Nadie te va a hacer nunca tanto daño como tú. No sabemos cuidarnos”, decía la autora en la entrevista que encontré.

Aquello me dejó pensando durante todo el tiempo que permanecí en el bar. ¿Alguna vez me había hecho daño a mí mismo? No era tan bruto como para no entender que la tipa rusa hablaba del daño emocional, pero, aún así, no encontré ejemplos. Cuando volví al cuartucho en el que vivía -un semisótano en el que el baño estaba separado de todo lo demás por una cortina de ducha-, comencé a experimentar con lo fácil, con lo físico. Prendí una cerilla y dejé que se consumiera en la palma de mi mano. Por desgracia, no dejó una quemadura tan grande cómo había imaginado. Eso sí, se llevó algún pelo por delante porque comenzó a oler a corteza de cerdo. Después saqué los tres antipsicóticos que me quedaban del bote y lo rompí. Con un trozo de cristal me hice un pequeño corte. El escozor fue ligeramente placentero. Quería haberlo hecho con una cuchilla, como en las películas, pero no me quedaban. Salté al suelo desde la cama. Luego llamé a mi madre:

–Mamá, ¿me he hecho daño a mí mismo alguna vez?

­–¿Toni? ¿Eres tú de verdad?

­–¿Me he hecho daño? ¿Eh? ¿Me he hecho daño?

­–Toni, ¿qué dices? ¿Dónde estás? Oh, Toni…

Nunca sabré qué mas dijo porque colgué. Después recordé que llevaba los mismos años sin hablar con ella que con mi mejor amigo. La aparté de mi mente y seguí a lo mío: me clavé un tenedor, me pegué un puñetazo, me golpeé la cabeza contra el marco de la puerta tres veces seguidas. Hice otro corte para dibujar una x en mi antebrazo. Nada. Me puse frente al espejo del baño y comencé a insultarme: saco de mierda, cabronazo, imbécil, desgraciado… No surtía efecto o, mejor dicho, generaba el efecto contrario, porque empecé a reírme. Cogí una hoja y enumeré todas las cagadas que recordaba. Por supuesto, me levanté más de dos veces a por papel. En mitad de ese patético inventario, tuve la revelación: ¿cuál es el mayor daño que puede hacerse uno a si mismo? Saqué de encima del armario una enorme caja donde guardaba la escopeta de mi padre. Era lo único que tenía de él porque nos abandonó a mi madre y a mí antes de que yo aprendiera a no cagarme encima. Igual ni era de mi padre. El caso es que le metí un par de cartuchos y quité el seguro. La dejé sobre la cama y volví a mirarme al espejo para convencerme de que realmente ese era yo.

–Me voy a hacer daño. ¿Me oyes, Svetlana? ¿Eh? ¡Me voy a hacer daño! ¡A la mierda tus manzanas!

Volví a la habitación riéndome de forma histérica. Aquello era divertido. Esa puta rusa no tenía ni idea de nada. Pensé en el dinero que valían sus espejos. Me reí aún más fuerte durante cinco minutos. Respiré hondo. Cogí el arma y apreté el gatillo.

No ocurrió nada.

Han cantado bingo

Rosa entró en casa con las llaves en la boca después de haber recuperado las bolsas del suelo. Tendría que haber ido a comprar por la mañana, pero se le había acumulado la ropa por planchar y, además, no había tenido tiempo para ponerse los rulos. Su marido, Alfonso, aún no había llegado a casa. La caña de las ocho y media en el bar hubiera sido un mandamiento más si de él hubiese dependido, especialmente desde que se había jubilado. Primero guardó los congelados y, después, colocó las naranjas con esmero en el frutero de mimbre que había comprado la semana pasada. Alfonso decía que ocupaba demasiado hueco y lo había dejado sobre la encimera, junto al microondas, pero ella volvió a ponerlo en la mesa de madera. Después se metió a la despensa, olvidando guardar los botellines de cerveza, y comenzó a apilar latas de berberechos y mejillones. Sin embargo, su tarea se vio interrumpida cuando la distorsionada voz de Manolo Escobar inundó la cocina con su “¡Qué viva España!”. Tras mirar la pantalla, se preguntó qué querría su amiga a esas horas.

–Dime, Mari.

–¿Cómo que “dime, Mari”? ¿Dónde estás, Rosita, hija mía?

–Pues en mi casa, ¿dónde voy a estar? –Agarró el teléfono entre su hombro y la oreja para seguir apilando latas de conserva.

–¡Pero, mujer! ¡Que hoy toca binguito! –Más allá de su voz se escuchaba el murmullo de toda una marea humana.

–Uy, ¡coño! ¿Es miércoles?

–Madre mía, te voy a regalar un calendario portátil de esos, eh. ¡Anda, vente para acá!

–Pero, ¿y la cena? Que Alfonso no tardará… –Giró el cuello todo lo que pudo hacia el enorme reloj de la cocina, pero estaba parado; tenían que cambiarle las pilas.

–Chica, pues que se abra una latilla, que digo yo que igual que abre los botellines podrá abrirse unos berberechitos, ¿no?

–Sí, sí, venga –Movió una de sus manos a pesar de que su amiga no podía verla–. Guárdame un sitio a tu lado, ¿eh?

–¡No, que me gafas! –Bromeó la otra–. Ala, ¡adiós!

 Sin prestar atención, Rosa lanzó el teléfono sobre la vieja mesa de madera, cubierta, como siempre, por un hule medio desteñido que heredó de su madre. Después corrió a retocarse el pintalabios y, tras envolverse en desodorante, se puso unas gotas de perfume detrás de cada oreja. Aprovechó también para “hacer un pis”, ya que los baños del centro solían estar muy sucios. En esas estaba cuando su marido llegó a casa.

–Eh. Ya estoy aquí.

–¿Alfonso? –Preguntó Rosa desde el baño mientras una cascada de orín golpeaba la porcelana del retrete.

–No, soy un ladrón. Manos arriba –Dijo sin emoción antes de aparecer en el marco de la puerta, simulando una pistola con sus dedos, mientras ella terminaba de limpiarse–. Joder, Rosa, ¿no sabes cerrar la puerta o qué?

–Ay, chico, ni que no me hubieras visto nunca el parrús.

–Pues últimamente ni olerlo –La miró de arriba abajo mientras se subía los pantalones–. ¿Te vas?

–Sí.

–¿A dónde?

–Al bingo.

–¿Hoy?

–No, mañana. ¡Pues claro! –No perdió tiempo en lavarse las manos y se acercó a su marido, que le bloqueaba el paso–. ­Anda, aparta, que llego tarde.

–Ceno solo, entonces.

–Hombre, si quieres invitar a la vecina… Yo no me voy a poner celosa.

–Menos cachondeo, Rosa. Menos cachondeo.

Salió disparada a la habitación para coger el abrigo de paño. No quería aparecer en el bingo con el chaquetón de todos los días; además, ya necesitaba un buen lavado. Se limpió el pintalabios que tenía en los dientes y volvió a la cocina para recuperar su bolso. Alfonso estaba allí, apoyado en la mesa, con un botellín caliente en la mano.

–¿Y quién va al bingo?

–Pues la Mari y estas –Comenzó a revolverlo todo en busca de su móvil.

–Ah. Sois todo mujeres allí.

–No, también van hombres. ¿Has visto mi teléfono? –Su voz sonaba distraída mientras abría y cerraba cajones.

–No –Dio un trago a su cerveza, antes de esbozar una mueca de asco–. ¿Y va Paco por allí?

–¿Qué Paco?

–¿Cómo que qué Paco? El frutero.

–Ah… Sí, creo –Se metió en la despensa para buscar el móvil entre las latas de conserva–. Vamos, creo que sí.

–¿Lo crees o va?

–Lo creo. O sea, que le he visto alguna vez allí.

–Ya… –Chasqueó la lengua un par de veces mientras ella seguía rebuscando–. Igual voy yo un día.

–¿Tú? Pero si no te gusta el bingo –El estrépito de varias latas cayendo pausó la conversación–. Llámame, anda.

–Eh, Rosa. No tengo saldo –Mirando a su mujer, que salía de la despensa, y señalando con un gesto de cabeza, añadió­–. ¿No vas a recoger eso?

–Pues no, que llego tarde –Se colgó el bolso y le dio un par de palmadas en el hombro a su marido–. Ala, no me llames, que no llevo móvil.

–Qué graciosa eres. Anda, que como te pase algo…

–Pues grito, hijo –Respondió, ya en el pasillo–. Vendré tarde, que luego nos echamos un vino.

–Te voy a dar yo vino… –Masculló entre dientes.

Alfonso se quedó mirando el pasillo y, en cuanto escuchó cerrarse la puerta, sacó el teléfono de su mujer del bolsillo trasero del pantalón. Era un Nokia viejo, de los que no se rompen nunca, y, por supuesto, no tenía contraseña. Tras abandonar la cerveza caliente, se puso cómodo para consultar el historial de llamadas. Apoyado en la mesa, dejó caer todo su peso sobre ella hasta que, finalmente, se dio por vencida y el tablero se partió en dos.

frases descarnadas

da igual gritar
arrancarme la piel a tiras
construir un útero a medida
o huir donde nadie reconozca mis ojeras

el telón siempre cae

nunca hay manos al otro lado
ni sonrisas amables
ni migajas de cariño
solo cadenas
y la posibilidad de saltar al vacío

acabar con todo
para acabar con ellas

la noche invoca a los demonios
rostros conocidos me cierran sus puertas
el único refugio es un nido frío
donde un cuervo picotea mi pecho
para alimentarse con el último latido

ya ves

otro intento de poema
que se queda en llanto inútil

ya sabes

lidia con ello
todos tenemos problemas
traga tu mierda
ingiere la mía
no pidas tanto
dame más

tírate de cabeza

renuncia a la vida para poder salvarte

Manas

Presiono la tecla con demasiada fuerza. El corte se reabre y todo se tiñe de rojo en un instante. Como entonces. Como cada noche. Pétalos oxidados llueven sobre mi cabeza. El mar rojo. Mi propio océano lleno de raspas y barcos hundidos. ¿Cómo podría alimentar así a un corazón? Las teclas dejan de ser negras y están pegajosas. Me dan asco. Aprieto el corte. Se escapan mil gotas. No escribo con ellas. ¿Para qué? Palabras vacías, sentimientos enquistados en mi corteza cerebral. Fuera. Una cruz roja adorna mi rostro. Siento cómo el corazón palpita con fuerza. Ahora en el dedo, ahora en el cuello, ahora en mis sienes. Dibujo una cruz en el vientre; un círculo en mi pecho izquierdo; tu inicial sobre la cicatriz que hay en mi muslo derecho. ¿La recuerdas? Solo tú la has visto y, después, ceniza. Nos atragantamos en mitad de un beso por no querer pisarnos a la hora del vals. Qué se yo. A veces te echo de menos y a veces creo que te odio. Tu cara. Tu barba. La media sonrisa que se te dibujaba, tumbado en la cama, cuando te daba la espalda y me marchaba desnuda. Ahora soy inmensamente pequeña. Floto sobre los recuerdos. Me evado de mí misma. Quiero tocar las estrellas y arder en ellas. La inquisición. La tortura. Mi propio castigo. La bruja sin magia. Satanás nunca estuvo de mi lado, pero me coronó con sus dos cuernos. La señal en mi pecho cosido. La costilla de Adán está rota. Mateo 19. ¿Por qué no os divorciasteis? Hay una niña llorando en la cama. ¿Dónde estabas? Los rizos ocultan su rostro. ¿Dónde estás? Siento húmedas mis mejillas. Ya ni sé qué sombra busco. El dedo sigue sangrando y todo se tiñe de rojo en un instante. Como entonces. Como cada noche.

Huevos rotos

Hoy papá tampoco viene a cenar. Mamá llora mientras mira su plato vacío. Lo echa de menos, así que me bajo de la silla y la abrazo, pero debo hacerle daño porque empieza a llorar más fuerte. Me aparto. Vuelvo a mi sitio y la miro en silencio. Aún tiene las marcas del otro día, cuando se cayó de la cama. Por suerte papá estaba en casa para curarle las heridas y no vino ninguna ambulancia. No me gusta el ruido que hacen cuando las escucho pasar por la calle. Mamá mira el reloj. Después me mira a mí.

– Termínate las patatas, anda. Voy un momento a mi habitación.

Obedezco y las mojo en kétchup. Cuando se me acaba, mamá aún no ha vuelto a la mesa, pero no me dejan coger el bote. Se abre la puerta. Es papá. Siempre vuelve a casa corriendo. Lo sé porque se le pone la cara roja y le tiemblan las piernas, como cuando yo corro mucho en el parque. Me sonríe y viene a darme un beso en la frente.

– ¿Están ricas?

– ¡Mucho! Mamá hace las mejores patatas del mundo – papá se pone serio. No quiero que se enfade conmigo–. Pero tú haces la mejor tortilla del mundo, eh.

– Mañana te haré una, ¿vale, pequeñaja? Voy a saludar a tu madre.

Se marcha por el pasillo y escuchó a mamá gritarle. Siempre riñen. Aunque yo también riño con mi amiga Julia cuando intenta quedarse con la muñeca más bonita, pero seguimos jugando juntas. Termino mis patatas y me quedo sentada porque no me han dado permiso para levantarme. Escucho un golpe. Mamá ha vuelto a tropezarse, seguro. Miro su copa vacía. Papá estará enfadado. A veces llora. No quiere que mamá se haga daño y por eso viene siempre corriendo. Vuelve al salón después de un rato. Se sienta a mi lado, pero se levanta enseguida. Camina a mi alrededor. Me quita el plato.

– Vete a la cama. Es tarde.

– ¿Vienes a leerme un cuento?

– Sí. Tira, anda.

Mamá está en su habitación llorando. Ha debido hacerse mucho daño, pero como no me dejan entrar ahí, no puedo hacerle un “cura sana”, así que me voy a la cama. Llevo puesto el pijama de Frozen que les pedí a los Reyes Magos. También trajeron el casco que pedí para mamá, pero no lo usa. Vuelvo a escucharlos. Cierro los ojos y pienso en la navidad. Ha sido un poco rara porque no han venido los abuelos y mamá se ha caído mucho. Me tapo la cabeza con la almohada. Seguro que hoy tampoco viene papá a leerme un cuento.

Abro los ojos y todo está oscuro. Alguien me ha despertado. Cuando me giro, veo a una señora con uniforme al lado de mi cama. No la conozco, pero dice que tengo que irme con ella, que es amiga de mis padres. Creía que no tenían amigos porque nunca invitan a nadie a cenar, pero ella insiste y los mayores siempre tienen la razón, o eso dice papá, así que salgo de la cama. Supongo que vamos a un lugar cómodo porque me pone el abrigo encima del pijama. Un hombre que lleva el mismo uniforme azul que la señora me coge en brazos. Tienen placas. Conozco a unos cuantos más que me llevan en coche hasta un edificio enorme. Entro a una sala llena de juguetes. Una señora con moño me espera detrás de una mesa. Me siento a su lado y me da un zumo de naranja. No me gusta como sabe, pero mamá siempre dice que hay que comer de todo, así que me lo bebo igual. La señora me mira.

– ¿Está rico el zumo, Lidia?

– Sí – le miento para que no se ponga triste como mamá-. ¿Dónde está mi madre?

– Está en el médico. Yo te cuidaré mientras, ¿vale? – me dice mientras escribe cosas en su cuaderno–. Pero se va a poner bien.

– Anoche se cayó muchas veces.

– Sí, cariño… – me sonríe, no sé por qué.

– ¿Y papá?

– Tu padre… Ha tenido que marcharse.

– ¿A dónde?

– Aún no puedo decírtelo.

– ¿Entonces no me va a hacer mañana una tortilla?

– Me temo que no.

– ¿Por qué? ¿Está enfadado conmigo?

– No, cariño. Tú no has hecho nada malo.

Vamos a contar mentiras

No puedo culparte
por haber soltado mi mano
al borde del precipicio:
fui yo quien creyó adivinar un sí
en el contorno de un imposible.

Repté por sábanas que no eran de nadie,
jugué a columpiarme entre tus brazos
y yo misma me crucifiqué en tu pecho;

por eso ahora no sé cómo tapar
cada hueco vacío
en el que me asomo a buscar tus manos.

He sido huérfana de versos
por haberme negado a aceptar
que construí un oasis de cartón
… y no imaginas cuánto ha llovido
desde que empecé a nombrarte.

Pero no puedo culparte
por haber soltado mi mano
ni por elegir labios más sencillos.
No puedo culparte
por ignorar todo lo que habita
bajo ese miedo mal camuflado

porque yo también se cuánto duele
atrapar una certeza
y solo poder de ver
el golpe que la transformará en ceniza.

Cenizas de carmín

Lo confieso:
he fingido simpatía por el verdugo
a cambio de migajas de pan
y por culpa de mi apetito
se ha derramado sangre
que no me pertenecía.

He sido cómplice del castigo,
he visto muertes firmadas
con número de placa,
y ahora que todo se reduce
a una lejana pesadilla
-en la que muchos siguen viviendo-

me queman los dedos por cada injusticia
huérfana de nombre
que los perros rabiosos quieren silenciar
a base de mordiscos.

Porque desde que hay más de cincuenta
royendo el hueso débil del estado,
han perdido la poca vergüenza que les quedaba
y
afirman que es derecho mutilar,
vomitan sobre las fosas comunes,
alzan una bandera que huele a mausoleo
y
niegan toda vida que vaya en contra
de los mismos ideales
con los que castigaron a mi abuelo.

Pero deben saber
que a un golpe
no se responde con caricias
y que toda la bilis que escupen
no les salvará de arder
entre las antorchas que han encendido
a base de discursos de odio.

Mujer(es)

Para Valeria

Soy mujer,
y no lo digo yo,
lo dicen ellos.

Soy mujer.
Lo dicen sus ojos devorando mis pechos;
lo dicen sus codos rozándolos
“accidentalmente”
en el metro.

Soy mujer.
Lo dice su hambre persiguiéndome de noche
o, mejor,
lo dice su hambre obviando mi no
porque “siempre me hago la dura”.

Soy mujer.
Lo dice su oferta de ayuda a cambio de un tango;
lo dice su enfado cuando no quiero bailar
pero él ya me ha ayudado.

Soy mujer.
Lo dice su sonrisa lasciva
cuando asume que mi amabilidad
es coqueteo;
lo dice su guiño
cuando da por sentado
que no quiero estar sola;
lo dice su frustración
cuando me pone la etiqueta de insatisfecha y
todo esto es culpa mía porque
soy mujer.

Así que
soy mujer solo

si me rindo a sus deseos,
soy mujer solo

si acepto mi papel como musa,
soy mujer solo

si equivalgo a silencio.

Soy mujer,
dicen ellos,
pero no encuentro mi reflejo
dentro de su concepto.

Taranis

“Poeta
es aquel que,
a través de la palabra,
trata de comprender un mundo
que no lo comprende a él”

-SUSO SUDÓN

A veces basta el roce
de una herida jamás cerrada.
A veces no basta un golpe
para sangrar un par de versos.

Me ahogo en comprensión y
exprimo la asfixia de una impostora
que jamás sabrá distinguir
su verdadero reflejo.

Me atrapa la soledad y
habito un útero de algodón
que jamás podrá frenar
las flechas que yo misma me clavo

Pero no alumbro poesía
si bajo este llanto inútil
habita siempre la misma duda:

¿por qué se suicidaron las musas?