Cenizas de carmín

Lo confieso:
he fingido simpatía por el verdugo
a cambio de migajas de pan
y por culpa de mi apetito
se ha derramado sangre
que no me pertenecía.

He sido cómplice del castigo,
he visto muertes firmadas
con número de placa,
y ahora que todo se reduce
a una lejana pesadilla
-en la que muchos siguen viviendo-

me queman los dedos por cada injusticia
huérfana de nombre
que los perros rabiosos quieren silenciar
a base de mordiscos.

Porque desde que hay más de cincuenta
royendo el hueso débil del estado,
han perdido la poca vergüenza que les quedaba
y
afirman que es derecho mutilar,
vomitan sobre las fosas comunes,
alzan una bandera que huele a mausoleo
y
niegan toda vida que vaya en contra
de los mismos ideales
con los que castigaron a mi abuelo.

Pero deben saber
que a un golpe
no se responde con caricias
y que toda la bilis que escupen
no les salvará de arder
entre las antorchas que han encendido
a base de discursos de odio.

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