Manas

Presiono la tecla con demasiada fuerza. El corte se reabre y todo se tiñe de rojo en un instante. Como entonces. Como cada noche. Pétalos oxidados llueven sobre mi cabeza. El mar rojo. Mi propio océano lleno de raspas y barcos hundidos. ¿Cómo podría alimentar así a un corazón? Las teclas dejan de ser negras y están pegajosas. Me dan asco. Aprieto el corte. Se escapan mil gotas. No escribo con ellas. ¿Para qué? Palabras vacías, sentimientos enquistados en mi corteza cerebral. Fuera. Una cruz roja adorna mi rostro. Siento cómo el corazón palpita con fuerza. Ahora en el dedo, ahora en el cuello, ahora en mis sienes. Dibujo una cruz en el vientre; un círculo en mi pecho izquierdo; tu inicial sobre la cicatriz que hay en mi muslo derecho. ¿La recuerdas? Solo tú la has visto y, después, ceniza. Nos atragantamos en mitad de un beso por no querer pisarnos a la hora del vals. Qué se yo. A veces te echo de menos y a veces creo que te odio. Tu cara. Tu barba. La media sonrisa que se te dibujaba, tumbado en la cama, cuando te daba la espalda y me marchaba desnuda. Ahora soy inmensamente pequeña. Floto sobre los recuerdos. Me evado de mí misma. Quiero tocar las estrellas y arder en ellas. La inquisición. La tortura. Mi propio castigo. La bruja sin magia. Satanás nunca estuvo de mi lado, pero me coronó con sus dos cuernos. La señal en mi pecho cosido. La costilla de Adán está rota. Mateo 19. ¿Por qué no os divorciasteis? Hay una niña llorando en la cama. ¿Dónde estabas? Los rizos ocultan su rostro. ¿Dónde estás? Siento húmedas mis mejillas. Ya ni sé qué sombra busco. El dedo sigue sangrando y todo se tiñe de rojo en un instante. Como entonces. Como cada noche.

Huevos rotos

Hoy papá tampoco viene a cenar. Mamá llora mientras mira su plato vacío. Lo echa de menos, así que me bajo de la silla y la abrazo, pero debo hacerle daño porque empieza a llorar más fuerte. Me aparto. Vuelvo a mi sitio y la miro en silencio. Aún tiene las marcas del otro día, cuando se cayó de la cama. Por suerte papá estaba en casa para curarle las heridas y no vino ninguna ambulancia. No me gusta el ruido que hacen cuando las escucho pasar por la calle. Mamá mira el reloj. Después me mira a mí.

– Termínate las patatas, anda. Voy un momento a mi habitación.

Obedezco y las mojo en kétchup. Cuando se me acaba, mamá aún no ha vuelto a la mesa, pero no me dejan coger el bote. Se abre la puerta. Es papá. Siempre vuelve a casa corriendo. Lo sé porque se le pone la cara roja y le tiemblan las piernas, como cuando yo corro mucho en el parque. Me sonríe y viene a darme un beso en la frente.

– ¿Están ricas?

– ¡Mucho! Mamá hace las mejores patatas del mundo – papá se pone serio. No quiero que se enfade conmigo–. Pero tú haces la mejor tortilla del mundo, eh.

– Mañana te haré una, ¿vale, pequeñaja? Voy a saludar a tu madre.

Se marcha por el pasillo y escuchó a mamá gritarle. Siempre riñen. Aunque yo también riño con mi amiga Julia cuando intenta quedarse con la muñeca más bonita, pero seguimos jugando juntas. Termino mis patatas y me quedo sentada porque no me han dado permiso para levantarme. Escucho un golpe. Mamá ha vuelto a tropezarse, seguro. Miro su copa vacía. Papá estará enfadado. A veces llora. No quiere que mamá se haga daño y por eso viene siempre corriendo. Vuelve al salón después de un rato. Se sienta a mi lado, pero se levanta enseguida. Camina a mi alrededor. Me quita el plato.

– Vete a la cama. Es tarde.

– ¿Vienes a leerme un cuento?

– Sí. Tira, anda.

Mamá está en su habitación llorando. Ha debido hacerse mucho daño, pero como no me dejan entrar ahí, no puedo hacerle un “cura sana”, así que me voy a la cama. Llevo puesto el pijama de Frozen que les pedí a los Reyes Magos. También trajeron el casco que pedí para mamá, pero no lo usa. Vuelvo a escucharlos. Cierro los ojos y pienso en la navidad. Ha sido un poco rara porque no han venido los abuelos y mamá se ha caído mucho. Me tapo la cabeza con la almohada. Seguro que hoy tampoco viene papá a leerme un cuento.

Abro los ojos y todo está oscuro. Alguien me ha despertado. Cuando me giro, veo a una señora con uniforme al lado de mi cama. No la conozco, pero dice que tengo que irme con ella, que es amiga de mis padres. Creía que no tenían amigos porque nunca invitan a nadie a cenar, pero ella insiste y los mayores siempre tienen la razón, o eso dice papá, así que salgo de la cama. Supongo que vamos a un lugar cómodo porque me pone el abrigo encima del pijama. Un hombre que lleva el mismo uniforme azul que la señora me coge en brazos. Tienen placas. Conozco a unos cuantos más que me llevan en coche hasta un edificio enorme. Entro a una sala llena de juguetes. Una señora con moño me espera detrás de una mesa. Me siento a su lado y me da un zumo de naranja. No me gusta como sabe, pero mamá siempre dice que hay que comer de todo, así que me lo bebo igual. La señora me mira.

– ¿Está rico el zumo, Lidia?

– Sí – le miento para que no se ponga triste como mamá-. ¿Dónde está mi madre?

– Está en el médico. Yo te cuidaré mientras, ¿vale? – me dice mientras escribe cosas en su cuaderno–. Pero se va a poner bien.

– Anoche se cayó muchas veces.

– Sí, cariño… – me sonríe, no sé por qué.

– ¿Y papá?

– Tu padre… Ha tenido que marcharse.

– ¿A dónde?

– Aún no puedo decírtelo.

– ¿Entonces no me va a hacer mañana una tortilla?

– Me temo que no.

– ¿Por qué? ¿Está enfadado conmigo?

– No, cariño. Tú no has hecho nada malo.

Vamos a contar mentiras

No puedo culparte
por haber soltado mi mano
al borde del precipicio:
fui yo quien creyó adivinar un sí
en el contorno de un imposible.

Repté por sábanas que no eran de nadie,
jugué a columpiarme entre tus brazos
y yo misma me crucifiqué en tu pecho;

por eso ahora no sé cómo tapar
cada hueco vacío
en el que me asomo a buscar tus manos.

He sido huérfana de versos
por haberme negado a aceptar
que construí un oasis de cartón
… y no imaginas cuánto ha llovido
desde que empecé a nombrarte.

Pero no puedo culparte
por haber soltado mi mano
ni por elegir labios más sencillos.
No puedo culparte
por ignorar todo lo que habita
bajo ese miedo mal camuflado

porque yo también se cuánto duele
atrapar una certeza
y solo poder de ver
el golpe que la transformará en ceniza.

Cenizas de carmín

Lo confieso:
he fingido simpatía por el verdugo
a cambio de migajas de pan
y por culpa de mi apetito
se ha derramado sangre
que no me pertenecía.

He sido cómplice del castigo,
he visto muertes firmadas
con número de placa,
y ahora que todo se reduce
a una lejana pesadilla
-en la que muchos siguen viviendo-

me queman los dedos por cada injusticia
huérfana de nombre
que los perros rabiosos quieren silenciar
a base de mordiscos.

Porque desde que hay más de cincuenta
royendo el hueso débil del estado,
han perdido la poca vergüenza que les quedaba
y
afirman que es derecho mutilar,
vomitan sobre las fosas comunes,
alzan una bandera que huele a mausoleo
y
niegan toda vida que vaya en contra
de los mismos ideales
con los que castigaron a mi abuelo.

Pero deben saber
que a un golpe
no se responde con caricias
y que toda la bilis que escupen
no les salvará de arder
entre las antorchas que han encendido
a base de discursos de odio.

Mujer(es)

Para Valeria

Soy mujer,
y no lo digo yo,
lo dicen ellos.

Soy mujer.
Lo dicen sus ojos devorando mis pechos;
lo dicen sus codos rozándolos
“accidentalmente”
en el metro.

Soy mujer.
Lo dice su hambre persiguiéndome de noche
o, mejor,
lo dice su hambre obviando mi no
porque “siempre me hago la dura”.

Soy mujer.
Lo dice su oferta de ayuda a cambio de un tango;
lo dice su enfado cuando no quiero bailar
pero él ya me ha ayudado.

Soy mujer.
Lo dice su sonrisa lasciva
cuando asume que mi amabilidad
es coqueteo;
lo dice su guiño
cuando da por sentado
que no quiero estar sola;
lo dice su frustración
cuando me pone la etiqueta de insatisfecha y
todo esto es culpa mía porque
soy mujer.

Así que
soy mujer solo

si me rindo a sus deseos,
soy mujer solo

si acepto mi papel como musa,
soy mujer solo

si equivalgo a silencio.

Soy mujer,
dicen ellos,
pero no encuentro mi reflejo
dentro de su concepto.

Taranis

“Poeta
es aquel que,
a través de la palabra,
trata de comprender un mundo
que no lo comprende a él”

-SUSO SUDÓN

A veces basta el roce
de una herida jamás cerrada.
A veces no basta un golpe
para sangrar un par de versos.

Me ahogo en comprensión y
exprimo la asfixia de una impostora
que jamás sabrá distinguir
su verdadero reflejo.

Me atrapa la soledad y
habito un útero de algodón
que jamás podrá frenar
las flechas que yo misma me clavo

Pero no alumbro poesía
si bajo este llanto inútil
habita siempre la misma duda:

¿por qué se suicidaron las musas?

Let it roll

Tiembla la duda en mi pecho
de si esquivar otro quizá
o dejarme atravesar por la bala.

Duermo desnuda
cuando me ahoga el miedo
al adivinar el contorno de otro golpe
y no encuentro las palabras
que deshagan este caos.

Hasta el roce de una pluma
podría incendiar mis cicatrices
pero las alas me piden pista
cuando juego a imaginarme
que podría haber calma en otros labios.

Cara y me arriesgo,
digo con los clavos ya preparados.
Cruz y me marcho,
digo sabiendo que jamás buscaré una moneda.

DomXIV

Se acumula la melancolía
en el nudo de llanto
que aún no he deshecho y
no es cosa del frío
sin brazos
ni del domingo
sin cama,

son ausencias vívidas
recuerdos
dudas
otro quizá pasando de largo
mientras me hago la fuerte
y finjo que no me deshice
bajo la lluvia de anoche.

Ojalá bastase la poesía
para olvidar los golpes.
Ojalá bastase un verso
para limpiar toda la sangre.

22

“en la noche
un espejo para la pequeña muerta
un espejo de cenizas”

-Alejandra Pizarnik

Esta piel acostumbrada a los golpes y
alimentada con sangre,
ya no espera cariño que le arrope
cuando hasta las noches de estío
se vuelven glaciares.

Ni alas
ni vuelo;
solo la falsa esperanza
de que un día todo cambie
y aquellos ojos miren
y mis manos no tiemblen
y en mi cabeza no griten demonios.

Siempre entre el miedo al adiós
y el daño de alimentarme con migajas
coleccionando flores muertas
que jamás adornarán mi nicho.

Qué sentido.

Qué todo.

Qué nada.

La única verdad
habita en la poesía
pero nunca sé cuál de mis yos
es el que toma la palabra
cuando parezco acertar en la diana
y el rebaño por fin me acepta.

Invisible sun

Habita un cuervo
donde quisieron nacer lirios
y ahora solo hay desierto
en el jardín de la nada.

No hay razón para una tregua
cuando has acariciado el dolor
de jugarte un par de besos
con la muerte.

Qué sentido tendría
bailar al son de una danza
que aprendí a fingir en casa
cuando los coágulos de sangre
muestran donde habita el miedo.

Pétalos de rosa
bajo colchones de moho
no alivian el daño.

¿Por qué intentarlo?